Boñiga o cagajón, www.revcyl.com

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A vueltas con Miguel Delibes

Domingo, 11 de diciembre de 2011

                                                                                          Boñiga o cagajón

        En la ciudad se pierde el tiempo, se dedica la gente a cosas vanas, que ni van ni vienen. Esta es una de las ideas que el Mochuelo tiene en mente y que formula con ejemplos apenas empieza el devaneo de sus recuerdos sobre el camastro que chirría, la víspera de su marcha a la ciudad: “Seguramente, en la ciudad se pierde mucho el tiempo –pensaba el Mochuelo- y, a fin de cuentas, habrá quien, al cabo de catorce años de estudio, no acierte a distinguir un rendajo de un jilguero o una boñiga de un cagajón”. (El camino, p. 8).

Daniel, que está hecho al campo, vive con normalidad en su pueblo de Cantabria que las ruedas los carros de vacas se metan entre las boñigas y las aplasten y las estrujen.  Con la misma naturalidad pasa junto a unos cagajones de caballo mientras se dirige a la Poza del Inglés con sus amigos Germán y Roque. Las boñigas y los cagajones forman parte de la vida del valle, de ese valle del que Daniel no tiene ninguna necesidad de salir.

Boñiga y cagajón son, por tanto, dos cosas distintas y el DRAE es claro y escueto al definir ambas palabras:

Boñiga: Excremento del ganado vacuno.

Cagajón: Porción del excremento de las caballerías.

Leemos, casi casi los vemos, cagajones en La hoja roja (p. 188): “(…) se desahogó impunemente y dejó sobre el pavimento un collar de cagajones”.

Para las boñigas, el maestro hace filosofía con ellas y con otros elementos del valle y del pueblo y pone en boca de Daniel unas reflexiones y profundidades impropias de un niño:“Daniel, el Mochuelo, sabía que por aquellas calles cubiertas de pastosas boñigas y por las casas que las flanqueaban, pasaron hombres honorables, que hoy eran sombras, pero que dieron al pueblo y al valle un sentido, una armonía, unas costumbres, un ritmo, un modo propio y peculiar de vivir”. (El camino p. 33)

En lo que hoy es Castilla y León las boñigas manchan pocas calles porque pocas vacas hay. De las de leche quedan algunas al norte de León, Palencia y Burgos, de verdes pastos. Otras pocas por la sierra de Gredos y explotaciones diseminadas por toda la Comunidad. En Las Navas del Marqués (Ávila) su disminución ha sido asombrosa. Sumémosle a las lecheras las de carne (que también sueltan sus boñigas sobre el suelo exactamente igual que las primeras), pero su número sigue siendo pequeño. No es animal cotidiano, hoy, en Castilla y León. En tiempos, al menos los bueyes sí que formaron parte del paisaje castellano.

Para el cagajón, tres cuartos de lo mismo. No nos topamos con ellos a las primeras de cambio. En muchos pueblos alguien tiene algún caballo, pero no se ven los cagajones con la asiduidad con la que vemos las cagarrutas de las ovejas.
Lo que planteo no es tanto haber visto sobre un camino o carretera una boñiga o un cagajón (que sería lo ideal), sino conocerlos aunque sea a través de internet y saber el significado de estas palabras que también forman parte del lenguaje rural de Miguel Delibes. Palabras escatológicas son, indudablemente, pero empleadas con naturalidad en un ambiente de campo, no dejan de ser una riqueza del español como idioma. Delibes, nosotros, estaremos llamando a las cosas por su nombre.


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