El caballón, www.revcyl.com

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A vueltas con Miguel Delibes

Jueves, 26 de enero de 2012

Pequeñas elevaciones del terreno: el caballón

La caza da unas fatigas que no da la pesca. Es de sube y baja, de repechos, de laderas que se empinan y de caminatas por el páramo. El cazador que se precie de serlo tiene que tener buen fuelle si quiere abatir a unas perdices por los campos de Castilla.

Delibes fue un cazador de los de antes que disfrutó del campo libre, sin lindes ni cotos, durante unos cuantos años. Todas las laderas de Villafuerte eran para él y para su hermano Manolo, “Manolón” y otros amigos. Y la Sinova y las cuestas de La Mudarra de la mano de su padre.

En aquellos años 20, 30 y 40 al Delibes niño y joven le traían sin cuidado los rebarcos empinados o la constante presencia de caballones en sus jornadas venatorias. El caballón es, según el DRAE, el lomo que se levanta con la azada para formar y dividir las eras de las huertas y para plantar las hortalizas o aporcarlas.  Por tanto, es una elevación del terreno que se sortea sin dificultad en dos o tres zancadas.

Hubo otros tiempos en los que Miguel Delibes salía al campo y lo aguantaba todo: el frío, el viento, las cuestas, la sed. En aquellos años el maestro escribía así sobre los caballones:

En esto de la perdiz, sin embargo, vale más la esperanza que la realidad y el cazador que camina entre tomillos y espinos y otea en lontananza mohedas y breñales, ha de andar siempre al quite puesto que en cada repecho o caballón, de cada junquera, de cada chaparro, cuando no de los cavones del barbecho o las pajas del rispión, puede arrancarle la patirroja con su galleo de alarma.

(Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo, p. 21)

Ciertamente no eran un obstáculo para él. Se pasaba sobre ellos y punto:

(…) al remontar un caballón, en la ladera.

(Las perdices del domingo, p. 85)

Pero el paso del tiempo le fue endureciendo los huesos y, de jubilado, prefería la soledad y el silencio del campo antes que las fatigas de antaño. El maestro me hizo esta confesión en carta que conservo del año 2002. Supo reconocer su último coto, saber que no habría más después del coto El Bibre, cuyo dueño era Jesús María  Reglero. Colgó la escopeta a tiempo, junto al hijo de su amigo Genuino Reglero, en aquel coto que comprendía cinco pueblos al norte de Tordesillas. Supo administrar sus tiempos y dejó de cazar cuando ya sus piernas no le aguantaron tanta caminata.

Es en El último coto en donde el maestro mira a los caballones con ojos de cazador que se retira de la primera línea:

(…) puesto que dentro de cinco o diez años, sus arrestos, antes que para pechar con vaguadas y caballones, estarán para dar un paseíto vespertino por el Campo
Grande,

(El último coto, p. 14)

Miguel Delibes supo ver lacaza en toda su plenitud y amplitud: desde la pieza cazada hasta los más variados accidentes meteorológicos, pasando por estas elevaciones del terreno que conforman el paisaje castellano. Supongo que en los cotos celestiales el maestro ha vuelto a pasar por encima de los caballones como si nada, junto a su padre. Después, con la percha llena, le habrán llevado las perdices a Ángeles, su esposa, para que las guise. Porque, allí, en el Cielo, las perdices saben a gloria.

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