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DICCIONARIO
DE DICHOS, REFRANES Y OTRAS FORMAS DE FRASES HECHAS
Delibes vio claro este empobrecimiento universal que se nos venía encima y en el que todos íbamos a perder no sólo la riqueza de la propia lengua, sino muchas otras cosas que inevitablemente tal pérdida arrastraría consigo: “Al hombre, ciertamente, se le arrebata la pureza del aire y del agua, pero también se le amputa el lenguaje, y el paisaje en el que transcurre su vida, lleno de referencias personales y de su comunidad, es convertido en un paisaje impersonalizado e insignificante” (Un mundo que agoniza, MIGUEL DELIBES, 3ª ed., Plaza y Janés, Barcelona, 1988, p. 151). Ante este fenómeno de merma y recorte humanos, la estrategia del novelista Miguel Delibes no fue precisamente la de hacer una extraña literatura de salvamento, sino sencillamente la de llamar a las cosas por su nombre. “En mis novelas y relatos sobre Castilla, lo único que pretendo es llamar a las cosas por su nombre y saber el nombre de las cosas. Los que suelen acusarme de que hay un exceso de literatura en mis novelas se equivocan, y es que rara vez se han acercado a los pueblos” (Respuesta a César Alonso de los Ríos). Esta pretensión suya de convertirse en notario del mundo popular rural, le ha consagrado como máximo exponente del castellano de su tiempo y como clásico de la novela española. Por tratarse de un clásico de la literatura se asegura para la posteridad, con la perennidad de sus obras, aquella parte de la riqueza de la lengua española que en unas décadas del siglo XX estuvo a punto de perderse definitivamente. La parte del español, la popular rural, que Delibes recoge en sus novelas se encontrará a salvo para un futuro próximo y lejano de quienes la lean y trabajen. Y la tendremos viva, presentada en un medio rural recreado por el autor, con un lenguaje claro, directo y lleno de felices matices: es el mundo popular rural que el novelista encontró a su alrededor y en sus andanzas y cacerías por tierras de Castilla. A este logro, alcanzado por el acierto de un gran novelista, convenía añadirle un trabajo posterior de consolidación y estudio. Convenía recoger los elementos que componen esta riqueza lingüística mencionada, ordenarlos y, posteriormente, hacerlos diccionario. Este diccionario está ya hecho y es fruto de una exhaustiva inmersión en la narrativa de Miguel Delibes y de una investigación de campo en la que he recogido, con todo rigor, las voces populares rurales de su novelística. Esa es la pretensión del “Diccionario de castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes” que me encargó el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua y que vio la luz en el año 2006. En la misma dirección, y con idéntico rigor filológico, teniendo ya realizada una larga y seria investigación de campo, había que recoger en un diccionario los dichos, locuciones, expresiones varias, frases hechas, modismos, refranes, sentencias y comparaciones…, dándoles un tratamiento análogo al que se les dio en el primer diccionario. Habrían de aparecer estas especies menores de la lengua y en este orden: 1.
La expresión tratada: dicho, locución, etc.
Dichos. A muchos dichos se les ha de conceder el rango de populares. Nacen y circulan generalmente como expresiones orales, de ahí su nombre de “dichos”. Expresan un concepto redondo, terminado. El
Diccionario de la Real Academia Española les define así:
“El dicho es una palabra o un conjunto de palabras con los que se
expresa oralmente un concepto cabal”. Así, en el mundo rural en el que abundan las piedras o los cantos, la piedra que se arroja lejos alcanza una distancia determinada. Por comparación con otras medidas de longitud es particularmente corta. Y, de este modo, para indicar que algo está más bien cerca, se dirá en el mundo rural de algo que está cerca o muy cerca, que está “a un tiro de piedra”. En ese entorno popular rural tiene su pleno sentido. Veáse, por ejemplo, en Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo, p. 190. Allí mismo se verá, por ejemplo, que correr esforzadamente será hacerlo “a matacaballo”. A
huevo: Locución adverbial: que apenas cuesta. “Indica
lo baratas que costaban o se vendían las cosas”. A
humo de pajas: Hacer algo vanamente. Sin razón o fundamento.
En Diario de un jubilado, por ejemplo, son numerosas las locuciones interjectivas: “¡Anda y que no ha llovido desde entonces!” (p. 11), “¡Échale hilo a la cometa!” (p.36), “¡No te amuela!” (p.77)… Otro
gallo le cantara: Otra sería su suerte. Poner
a caldo: (A alguien): Reprender(lo) duramente y llenar(lo) de improperios. Poner
a mojo: Llover. Poner
a remojo: Mojar algo completamente sumergiéndolo en agua u
otro líquido.
El habla del castellano que novela Miguel Delibes es creativa, como toda habla humana, pero tiene por fijas y acuñadas algunas expresiones que prefiere repetir. El pueblo las ha hecho suyas y en ocasiones le vienen a medida. Son dichos o locuciones que el mundo rural de Miguel Delibes emplea y que no cabe catalogar como refranes, proverbios, sentencias u otras formas particularmente expresivas que tienen nombre más o menos apropiado. Delibes las ha oído, “escribe y habla de oídas”, y las pone en boca de sus personajes cuando corresponde, con toda naturalidad, sin violentar la situación. Pertenecen al lenguaje oral y el significado que se les ha dado resulta de uso corriente y es admitido generalmente. En Diario de un jubilado, Lorenzo dispara expresiones pintorescas seguidas de otras no menos vivas: “hacer el mes”, “comer de lo vivo”, “creerse los condes de Romanones”. “Que no nos engañemos, que no hacemos el mes… que estamos comiendo de la vivo… que nos hemos creído los condes de Romanones…” (p. 21). ¡La
muy torda!: La muy tonta o boba. La
muy zorra: Astuta y solapada.
Para el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, el modismo es una “expresión fija, privativa de una lengua, cuyo significado no se deduce de las palabras que la forman: v.gr. a troche y moche”. No menciona el DRAE cierta carga metafórica que suelen arrastrar los modismos. Los modismos también sufren el desgaste general de la lengua. Desaparece el objeto y desaparece la expresión feliz a que hace referencia. Si muchos españoles de hoy no se acercan al monte y menos al monte al que se va la cabra en rebeldía, perderá fuerza el modismo “tirar al monte”, por más que, como dice Menchu en Cinco horas con Mario: “todos tiran un poquito al monte”, que es decir, se salen de la ley y de la costumbre del poblado. Tirar
al monte: Salirse de la ley y la costumbre del poblado, en rebeldía. Muy vallisoletanos, los personajes de la narrativa de Miguel Delibes echarán mano de la expresión fija que requiere la atención del otro, cuando quieran decirles que algo es muy natural: “¡A ver!”, repetirán a troche y moche. Así, también en Cinco horas con Mario, la locuaz Menchu le dice a su difunto marido: “… pero no dije ni pío, por vergüenza, a ver, que mamá ni se enteró…”. Y en el Diario de un jubilado este “¡A ver!” es la respuesta de don Juan Niño a Lorenzo, que se le ofrece de acomodador: “Le hice ver que siempre hará falta una cabeza organizadora, y él que a ver, que eso es lo que pretende…” Ce
por be: Detalladamente (con verbos como contar y saber).
Refrán llama la Academia al “dicho agudo y sentencioso de uso común”. Con esta definición recoge cuatro notas esenciales a su naturaleza: 1. La de ser un dicho terminado en sí, 2. la de ser agudo, 3. la de ser sentencioso, y 4. la de su uso común: en su nacimiento y en su ejercicio. Los refranes nacen y se consagran como tales en circunstancias de lugar y de tiempo propicias para su nacimiento. Así, el refrán -circunstancia de lugar- es originariamente castellano. Por otra parte -circunstancia de tiempo-, implican un ritmo de vida lento, sosegado. Nos es fácil comprobar, hoy, que nuestros tiempos rápidos, cada vez más ciudadanos y menos rurales, son tiempos enrarecidos para la creación y aun para su circulación espontánea en el habla de las gentes. Al ser condensaciones de sabiduría popular, necesitan para llegar a ser elementos vivos de una lengua un tiempo de consolidación. No nacen ex nihilo. No son producto que madure sin una larga preparación remota.
Les precede: 2. Una observación sosegada. La larga observación inicial, además de colectiva, es sosegada. La realidad que nombran exige un sosiego para verla, comprobar su verdad y su fuerza, disponer de ocasiones suficientes que lleven a su formulación. Paciencia de pescador de truchas exige el refrán de Mis amigas las truchas que asegura que, también se cumple en la pesca, “cuando marzo mayea, mayo marcea”. Cuando
marzo mayea, mayo marcea: Cuando la temperatura de marzo es la propia
de mayo (y al revés). 3. El camino del refrán hasta su formulación verbal es progresivo. Empiezan por ser primero un mero precipitado conceptual, en bruto, que aún no dispone de palabras con las que expresarse, ni siquiera de unas iniciales palabras mentales. El refrán está por formularse, busca las palabras que le den cuerpo y en las que descansar. Se sabe su verdad, se habla en el pueblo de ella, pero todavía está en fase de gestación. El
que tiene boca se equivoca: Enuncia la posibilidad general de equivocarse. 4. Es obra de muchos. Por tratarse de un género sapiencial popular es imprescindible el trasiego de unos a otros entre las gentes del pueblo. Las observaciones de unos y las de otros van convergiendo hacia la verdad observada, liberándola de elementos menos seguros, innecesarios o falsos, enriqueciéndose unas observaciones con otras. 5. Se fija en una fórmula. El acierto en la fórmula lo constituye ya en refrán. Logrado el refrán y hecho calderilla popular, pasa de mano en mano, es decir, corre de boca en boca. Es un logro, una riqueza, al resultar un descanso mental: la verdad que enuncia abreviará el trabajo del pensamiento del hombre que intenta dar un consejo, zanjar una discusión, aclarar un pensamiento, etc. El peso que el refrán lleva de garantía popular le dota de una fuerza específica. Prevalece en él la orientación para la conducta, sobre la información que pueda darse al conocimiento. Para convencer de la necesidad del esfuerzo en un caso dado bastará con un echar mano de una observación sencilla del mundo rural: “Si la burra no tira del carro, el carro no anda” (LHR p. 189). Si nos preguntamos por los creadores de los refranes y por quienes los hacen o administran más o menos como suyos, abundaremos en conceptos parecidos a los anteriores, confirmándolos. 1. Son anónimos. Podrá ser y será un personaje rural concreto el que dé con su fórmula feliz, rimada y redonda. Antes, habrá estado en la mente de muchos otros, como merodeando y afirmándose en su ser y expresión. Finalmente encontrará el cerebro que recogió su chispazo de condensada sabiduría y lo hizo lenguaje, naturalmente, popular. 2. Son populares. Quienes tenían la misma observación que se les venía haciendo evidente, pero para la que no encontraban todavía la expresión adecuada que le conviniera, asintieron al creador del refrán e hicieron suyo "el dicho evidente", quizá matizándolo, mejorándolo incluso. 3. Perviven en la memoria, oral y escrita. Los recuerdan y emplean las personas mayores, particularmente si veneran lo acostumbrado. Tal es el caso de Menchu, simpático cartón-piedra de costumbres, en Cinco horas con Mario. Las colecciones de refranes los recogen. Son estas colecciones como asilos de ancianos, porque pasan a ellas de donde siguen vivos, que es en la memoria de los mayores. Lugar intermedio ocupan las obras literarias de nuestros clásicos que les proporcionan espacio por el que asomarse a sus anchas, como ocurre en el Quijote o en La Celestina. 4. Son aceptados universalmente. Se les acepta socialmente y se les consagra como valiosos. Las gentes asienten a la certeza que muestran. El pueblo piensa, a veces incluso a su pesar, que “decir refranes es decir verdades”. Algo en su fulguración hace que se acepte su contenido. Se podría añadir que unos a otros los refranes se apoyan para asegurar más sus particulares porciones de verdades. Una forma de aceptación del refrán se manifiesta en la creación de variantes y modificaciones más o menos ingeniosas hechas sobre la marcha del relato. El “a río revuelto, ganancia de pescadores” puede quedar modificado para acomodarlo al momento de determinada circunstancia en “a día revuelto, ganancia de cazadores”, como en la paráfrasis de Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo (AVD p. 145). A
día revuelto, ganancia de cazadores: Paráfrasis del
refrán “A río revuelto, ganancia de pescadores”. La narrativa de Miguel Delibes nos ofrece 29 sin intención alguna de ofrecer un servicio a la paremiología. Son un elemento más de su lenguaje popular rural. Están empleados con total naturalidad y se ajustan al relato y a la conversación de los personajes con espontánea precisión. Se instala Miguel Delibes en medio de los espacios rurales y del mundo de la caza y la pesca y habla y escribe con el mismo lenguaje que hablan sus gentes. Se diría que no hace literatura. El esfuerzo, si se da, no se le nota. Él mismo se considera un cazador que escribe más que un escritor que caza. El refrán aparece en su narrativa con la misma naturalidad con la que el maestro maneja el léxico popular rural.
El castellano de los tiempos del Miguel Delibes que, en general, es grave, a veces se hace más solemne que de costumbre y sentencia. En ocasiones, con frase breve lanza su doctrina o expone un punto de vista moral sobre hechos y personas. De manera sucinta expresa lo que tiene por norma de comportamiento o cree con seguridad. Expresa su parecer mediante una sentencia. El Diccionario de la Academia define la sentencia de nuestros castellanos con estas palabras: “Dicho grave y sucinto que encierra doctrina o moralidad”. Entre las frases hechas que se dicen en el velatorio de Mario, una de ellas quiere expresar la bondad del difunto Mario en contraste con la bondad de los vivos. Su fórmula es de sentencia. Menchu la escucha y registra sin comentarla: Se mueren los buenos y quedamos los malos (5HM, p. 32). Cuando el mal aprieta hay que pensar que ni el bien ni el mal sean durables y que, como en el campo se percibe mejor que en al ciudad la separación de un día con otro, tiene sentido más pleno en aquél el sentenciar que “mañana será otro día, como diría mi difunto padre, que gloria haya” (D1J p. 75). Y para decir que hay que cargar con las consecuencias de los propios actos, en el campo se dice con razón que se entiende bien y con pocas palabras, lo que “Mamá (…) solía decir, “recogemos lo que sembramos” (UMA p. 42) y “ahora te toca recoger lo que sembraste” (5HM p. 96), e, igualmente, “al fin y al cabo, recogiste lo que sembraste” (5HM p. 261).
Al
fin y al cabo, recogiste lo que sembraste. Buena
cosecha ha sembrado. COMPARACIONES El razonamiento rural, inmerso en lo concreto material e inmediato, aunque generalice, procede con más facilidad de lo concreto a lo concreto que de lo abstracto general a lo concreto. Prefiere no tomar sus argumentos de abstracciones. Los personajes que presenta la narrativa de Miguel Delibes parecen llevados a las novelas desde la misma realidad rural en la que estaban, se mueven en su ambiente popular de campo y, con frecuencia, explican una cosa por otra con la que guardan relación de proporción o de semejanza. Algunas de estas comparaciones nos caen hoy lejos y su significado nos resulta difícil de entender porque surgieron en medio de costumbres que han ido desapareciendo. Es el caso de la expresión de “mudo o callado como un tonto en vísperas” que emplea Lorenzo en Diario de un jubilado para decirnos que al otro lado del teléfono nadie rechista: “Por más que le voceé, él mutis, como un tonto en vísperas”. Y es que en los pueblos, en otros tiempos, se cantaban vísperas los días de precepto, domingos y fiestas. Acudía la gente y seguía como podía el rezo o canto de los salmos en latín. El tonto era quien menos podía seguir la celebración y tomar parte en ella, como es de suponer. Otras comparaciones conservan su vigencia y se siguen empleando hoy, aunque quizá con menos vigor que el que tuvieron antaño. Que algo sea tan inútil “como hablarle a la luna” es hoy menos evidente en la ciudad que ayer en el campo, donde la luna en el cielo no tenía en el suelo tanta iluminación artificial que le hiciera competencia. Como
un tonto en vísperas: Locución adverbial, figurada y
familiar con que moteja o apoda al que está suspenso fuera de propósito
sin tomar parte en la conversación. Ser
como hablarle a la luna: Hacer algo inútil. Como
perro en casa ajena: No encontrarse a gusto. EN SÍNTESIS En
este diccionario se recogen las 1.130 expresiones populares que maneja
Miguel Delibes con tanta maestría en su narrativa. Se dividen de
este modo: Este ordenamiento y fijación de las expresiones populares rurales de las novelas de Miguel Delibes salva la parte del español que va más allá de los términos, las expresiones. Si Castilla ha sido lingüísticamente muy rica se ha debido en gran parte a las locuciones que los castellanos han insertado en su discurso natural y cotidiano. El presente diccionario viene a complementar mi anterior diccionario de voces, el “Diccionario del castellano del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes”. Proporciona, como aquel, la precisión lingüística que convenía añadir al discurso narrativo popular rural de Miguel Delibes, con el cual vino a salvar unos modos de expresarse que se dieron en una etapa lingüísticamente muy rica de Castilla y, en alguna medida, en el resto de España, y que hoy están a punto de desaparecer. Tal desaparición acarrearía un empobrecimiento general de la lengua española, lo que sería lamentable. Este trabajo quiere, pues, encender una luz que preserve del olvido lo que fue aquel modo de vida rural rescatado por mi gran maestro Miguel Delibes. SIGLAS EMPLEADAS PARA CITAR LAS OBRAS DE MIGUEL DELIBES
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