La riqueza de términos de tipo popular-rural en las novelas de Miguel Delibes es evidente. Delibes ha conseguido recoger las voces y expresiones que ha ido escuchando durante décadas por pueblos como Villafuerte, Castrillo Tejeriego, Quintanilla de Onésimo, Peñafiel, etc.

         Es interesante saber cuáles son los pueblos más frecuentados por Delibes, es decir, en qué pueblos ha oído y recogido más palabras y expresiones rurales para después incluirlas en sus novelas. De esta manera sabremos el origen de todo este discurso popular-rural que Delibes emplea con tanta naturalidad.

         Rastreando página a página las novelas de Delibes, me he encontrado con mil cuatrocientos sesenta y nueve términos, específicamente populares-rurales, que forman parte de su discurso narrativo. La mayoría de ellos (mil cuarenta) aparece con su significado preciso en el Diccionario de la Academia de la Lengua. Pero hay trescientos veintinueve que no.


Términos populares-rurales: cómo se gestó su catálogo

         La lectura de las novelas de Miguel Delibes, libro a libro, página a página, tropieza con trescientas veintinueve voces que no están recogidas por el Diccionario de la Academia de la Lengua. Todas las palabras se muestran con su significado preciso. Y para dar con la acepción que les corresponde, pensé que sería interesante saber dónde las había oído Delibes.

         Rastreando la narrativa de Delibes, se puede dibujar un mapa en el que aparezcan los pueblos en los que ha estado el autor. Delibes los cita y expresa el propósito de su viaje. Habitualmente se acercaba a estos pueblos para cazar. En otras ocasiones, para pescar en sus ríos o simplemente para pasar unas horas en el campo.

         Aunque ocasionalmente aparecen también otros pueblos de la provincia de Valladolid o de otras provincias de Castilla y León, la mayoría de ellos conforman una zona compacta: la del valle del Esgueva y la del valle del Duero (en la zona en que corre pareja al del Esgueva, a partir de Peñafiel). A todos estos pueblos sólo habría que añadir el de Villanueva de Duero, también muy frecuentado por Delibes (cazó muchas veces en la finca de los Araoz), que se sitúa al oeste de Valladolid.

         Llegado a este punto, empecé a recorrer con mi mujer estos pueblos en busca de los términos desconocidos. Ella, al ordenador tomando nota de lo que decían los informantes, y yo, preguntándoles por las palabras de Delibes. Habitualmente buscábamos a gente mayor, más conocedora de estos términos rurales. Recorrimos los pueblos, deteniéndonos en casas particulares y en las residencias de la tercera edad de Tudela de Duero, Quintanilla de Onésimo y Peñafiel. Primeramente, debíamos vencer la reticencia natural castellana, para después preguntar por las palabras. Comprobamos que, en general, los términos eran conocidos por los informantes, pero no dábamos un significado por bueno hasta que no había sido contrastado al menos por una decena de personas.

         Yo les nombraba el término con su contexto pero sin darles el significado que quizá ya había recogido de otras personas. Observé que el ofrecerles un posible significado de la palabra condicionaba su respuesta.

         Tuvimos que acudir a los mismos informantes en varias ocasiones, pues preguntar por el significado de trescientas veintinueve palabras de una vez no parecía conveniente. Lo habitual fue consultar unas veinte-treinta palabras por sesión.

         La relación que se estableció con los informantes resultó interesantísima. En muchas ocasiones nos explicaron el significado de las palabras mostrándonos directamente el propio apero al que nos referíamos, llevándonos a ver el tipo de monte que queríamos averiguar… Carmelo y Chelo de la Fuente, Esperanza Sancho, Isabel García de los Ríos, Isidora Esteban, Alfredo Recio, José Manuel Gutiérrez Bravo, Marina de la Fuente, Gorgonio…

         De entre las más de cincuenta personas entrevistadas destacaron dos de ellas por su sabiduría y facilidad en la explicación: Terencio, de ochenta y siete años, natural de Sanllorente y grandísimo conocedor del mundo de las abejas y Fernando, de sesenta y dos años, que nació y vive en Valbuena de Duero.

         Después de muchos viajes por la zona, di por concluida la investigación. Contaba con trescientos un significados claros y precisos. Pero todavía me quedaban veintiocho términos desconocidos por los informantes o, a lo sumo, con unas definiciones vagas e imprecisas.
De las trescientas una palabras encontradas, algunas fueron realmente complicadas para los informantes. Para términos como “piedralipe” tuve que preguntar a más de treinta lugareños hasta encontrar a alguien que supiera su significado.

         Abdón, un vecino de Castrillo Tejeriego, fue el que recordó que la piedralipe era un sulfato que se preparaba en los corrales de las casas para luego echarlo a los campos de cereal. Era un término olvidado ya, pues hace más de cuarenta años que este sulfato venía mezclándose desde los silos para su uso en el campo.

         Volví finalmente a casa con la mayoría de los términos bien definidos, trescientos uno, pero todavía contaba con veintiocho términos por descubrir.

         Decidí entonces escribir al propio Miguel Delibes preguntándole por los términos que me faltaban. Y todo resultó muy sencillo. En cada carta le enviaba a don Miguel 6 u 8 palabras con la referencia del libro en el que aparecían y, antes de quince días, me encontraba con su respuesta en mi buzón. Cada una de las veintiocho palabras que le consulté tuvo su respuesta precisa. Todas ellas de su puño y letra, acabando siempre con un saludo afectuoso.

         Una vez concluida toda esta investigación, continué preguntando palabras a Miguel Delibes hasta completar las 46 con las que ahora cuento. Son 46 tesoros que suponen una verdadera aportación original a la narrativa de Delibes y a la lengua española en general.

         La investigación de campo se ha basado en los pueblos citados por Delibes dentro de esa zona compacta mencionada más arriba (además de Villanueva de Duero, algo más alejado): así, me entrevisté con gentes de los pueblos del valle del Esgueva, de los pueblos que se encuentran entre ambos valles (Castrillo Tejeriego y Villavaquerín) y de los pueblos del valle del Duero. En líneas generales, conocían los términos y les dieron un significado preciso.

         Después de muchas entrevistas, quise mejorar los significados de las palabras relacionadas con la pesca y decidí buscar nuevos informantes en dos zonas en las que Delibes practicó este deporte: el Pisuerga a la altura de Mave y el Omaña a su paso por Magdalena. En Mave pude precisar algunos términos y en Magdalena me entrevisté personalmente con Paulino (guarda del Omaña que pescó con Delibes en varias ocasiones y al que dedica un capítulo de Mis amigas las truchas llamado: “Paulino, el del Omaña”).

         En el mapa se observa que los pueblos citados con más frecuencia por Delibes abarcan una zona homogénea del Este y Sur de Valladolid. Estos mismos pueblos son los que recorrí con mi mujer buscando las palabras rurales de Delibes.


PUEBLOS MENCIONADOS CON FRECUENCIA EN LA NARRATIVA DE MIGUEL DELIBES

Valle del Esgueva

         Delibes pescó sus primeros cangrejos en el río Esgueva a la altura de Esguevillas. En los tiempos mozos del escritor esta variedad de cangrejo español se daba en abundancia. Sobraban cangrejos para los del pueblo y para los que venían desde Valladolid, como Delibes.

         Este valle también le ha dado muchas alegrías cinegéticas. Con su padre, su hermano Manolo o con amigos, Delibes ha cobrado abundantes perchas en los páramos de Renedo, Esguevillas o Villafuerte.

• “La pesca del cangrejo era un recurso que mi padre aprovechaba para sacarnos a tomar el aire en primavera. Mientras permanecíamos en Valladolid, solíamos ir a la Esgueva, bien a Renedo o, valle arriba, hasta Esguevillas o cualquier otro pueblo intermedio. La Esgueva fue un río pródigo en cangrejo de pata blanca (un crustáceo verdoso, no exageradamente grande ni de pinza muy desarrollada, pero sabroso). Lo malo de la Esgueva, como de casi todos los ríos y arroyos de llanura, era que sus aguas bajaban turbias a causa de la erosión y entre esto y que la pesca del cangrejo era crepuscular, tirando a nocturna, no se veía lo que se pescaba hasta que el retel afloraba y uno le alumbraba con la linterna. Este defecto lo soslayé años después, cuando ya de adulto, me dediqué al cangrejo en los ríos Moradillo y Rudrón, en Burgos, de aguas cristalinas y oxigenadas, con lo que la pesca de este crustáceo dejó de ser una actividad ciega.” (VAL pp. 127-128)

• (21 de octubre de 1971)
Requeridos por el solillo de estos días, mi hermano Manolo y yo nos fuimos a dar una vuelta por las cuestas de Villafuerte de Esgueva. (AVD p. 17)

Entre el Esgueva y el Duero

         Entre un valle y otro se encuentran Castrillo Tejeriego, La Sinoba, Villavaquerín y Villabáñez. A todos ellos les baña el arroyo Jaramiel. Desde Valladolid se llega con facilidad por Renedo, Tudela o Quintanilla de Onésimo. También fue el Jaramiel muy pródigo en cangrejos y sus páramos y barcos siempre han contado con magnífica caza menor.

         El valle del Jaramiel es bien conocido por Delibes. El contacto con sus gentes en días de caza y pesca le ha permitido conocer muchos de los términos rurales que aparecen en este diccionario.

• Fuimos Melecio y yo en la furgoneta del pescado hasta lo de la Sinoba. La carretera está llena de agujeros y el trasto botaba con ganas. (D1C p. 98)

Valle del Duero

         Llegar hasta el valle del Duero desde Valladolid es muy sencillo y rápido. Más al Este o más al Sur, Miguel Delibes ha frecuentado estos pueblos desde que era un niño.

         Pasó dos veranos de su infancia en Quintanilla de Onésimo. Era la primera vez que tenía escopeta. Su familia había alquilado una casa cerca del río, a la altura del antiguo molino. En uno de aquellos veranos, Delibes gastó más de dos mil perdigones disparando a los vencejos que llegaban al corral de la casa. Sólo uno de ellos logró alcanzar su objetivo.

Yo mismo cacé perdices con poco éxito en estos términos y en el de Villanueva de Duero hace más o menos veinticinco años. (EUC p. 224)
• A estos efectos, yo recuerdo mis excursiones infantiles, de morralero con mi padre, en las heredades recién segadas de Quintanilla de Abajo, Olivares y Sardón de Duero. (LCE pp. 75-76)

         Al clasificar estas palabras en los distintos aspectos que conforman lo popular-rural he comprobado, por ejemplo, que Delibes es más aficionado a la caza que a la pesca. De caza se encuentran en sus novelas ciento veintidós términos. De pesca sólo treinta y nueve. Y es que, frente a la conocida frase que dice que Delibes es un cazador que escribe, nadie ha pensado nunca en sustituir la palabra “cazador” por “pescador”. ¡Cuántas veces se ha visto retratado a Delibes como cazador! En qué pocas fotos aparece pescando.

        Al estudiar las palabras relacionadas con la caza se comprueba que Delibes es hombre de caza menor: la perdiz, la liebre y el conejo son los animales más nombrados. Leyendo sus novelas, el lector sabrá dónde, cómo y qué se caza o qué es lo que tiene que llevar un cazador en cualquier jornada de campo.

         Delibes conoce perfectamente el modo de actuar de estos animales y cuenta que mientras la perdiz “apeona” antes de echar a volar, la liebre se “amona” en la cama y el conejo “embarda” en el vivar.

         Abunda la caza en libros como Diario de un cazador, El libro de la caza menor o Con la escopeta al hombro.

         Las referencias a la pesca en la narrativa de Delibes son menores que las de la caza. Centra sus comentarios en dos animales: la trucha y el cangrejo. Delibes llevaba “mosco”, “plumas de lomo” y “tasajo” entre otros utensilios y su conocimiento de este deporte le hace diferenciar en sus novelas entre aguas corrientes de los ríos (cachón, cadozo, ejarbe, escorrentía…) y aguas estancadas (represa, restaño, estiaje, lavajo…).

         Para el cangrejo todo es más sencillo, no hacen falta licencias. Basta con una “araña” o un “retel” y un poco de habilidad. Delibes tiene escrito un libro sobre pesca que resulta muy curioso desde su mismo título: Mis amigas las truchas.

         El Delibes pescador y cazador se ha encontrado con multitud de plantas y animales en sus salidas al campo. Al tomar sólo las plantas más claramente rurales, desechando las que conoce todo el mundo, he llegado a anotar noventa y dos a lo largo de su narrativa. De ellas hay diecinueve árboles, algunos empleados tanto en masculino como en femenino (olmo-olma, chopo-chopa, nogal-nogala).

         También son constantes las alusiones a conjuntos de plantas, que Delibes maneja con asiduidad: mimbreral, cerviguera, rastrojera, piornal… Las tierras mesetarias, las de páramo y cielo infinito son las más frecuentadas por Delibes. Así, se citan en sus novelas sesenta y siete arbustos distintos, que es la planta más habitual en esas zonas.

         En cuanto a los animales tuve que subdividir la clasificación en dos: aves (que suman noventa y una) y el resto de animales que llegan a cincuenta y tres. Así comprobé que el amor y conocimiento de Delibes hacia los pájaros se ve reflejado en sus novelas. Conocidos son sus intentos, con suerte dispar, de introducir en el Diccionario de la Academia Española algunos nombres de pajaritos. Los hay incluso con denominación propiamente rural como el “engañapastor” que, por el tono gris de su plumaje, se dice que engaña a los pastores cuando vuela cerca de los rebaños en la hora crepuscular.

         Prescindiendo de las aves, hay que destacar el rigor con el que Delibes refleja lo que fueron las ratas de agua para muchas familias castellanas. Es inolvidable la frase en la que el tío Ratero cuenta el placer que le produce comerse un par de ratas fritas con un chorro de vinagre, pan y un vaso de clarete.

         El otro animal nombrado con frecuencia por Delibes, además de los mencionados en la caza, es la abeja. El señor Cayo explica lo que es un “humeón” y, en Castilla habla explica el modo de vida de estos animales. Todo tiene su nombre preciso, hasta la piedra o teja que sobresale de la “hornillera” en la que las abejas hacen el “dujo” y que sirve para que entren en él con mayor facilidad.

         Los animales cobran protagonismo en libros como Las ratas con la perra Fa o en Los santos inocentes y la milana de Azarías. Otros nos lo dicen todo en el título: Las perdices del domingo o Tres pájaros de cuenta.

         La última división que he realizado de este léxico popular-rural se refiere a los aperos de labranza y las faenas del campo. Nombra Delibes ciento trece términos de objetos y modos de trabajar el campo que conoció (casi todos) en su infancia y juventud antes de que llegara la maquinaria agrícola. Desde el pan lechuguino que se llevaban los labradores al campo hasta los distintos nombres de las tierras: alfalfar, barbecho, bacillar, majuelo…

         Es muy curioso observar la cantidad de verbos que empiezan con el prefijo des- y que hacen alusión a las faenas del campo. A una planta se la puede “descepar”, “desarraigar” o “desmochar”. A una tierra se la “desbroza” o “despedrega”.

         Hay muchos términos referidos a las labores agrícolas que son citados por Delibes y que hoy la gente ya no conoce. Se dan casos como el del trillo, que ha pasado de ser uno de los aperos más comunes por estos pueblos a mueble decorativo en salones y bodegas, ya sean del campo o de la ciudad. Delibes nombra con precisión al trillo pero también a las piedrecitas que se incrustan en su base de madera y que se llaman “pernalas”, “chistas” o “chinas”. En la actualidad este apero sigue existiendo aunque sea como pieza decorativa, pero la denominación popular-rural de las piedrecitas que se incrustan en él se ha perdido.

         Me he encontrado en algunas ocasiones con términos que son empleados por Delibes de un modo muy particular. El verbo “carear” significa “pacer o pastar el ganado cuando va de camino” y, sin embargo, Delibes lo emplea para un muchacho del que dice que tiene los remolones de la cabeza careados.

         Sobre la gente del campo castellano siempre se cierne la preocupación de la meteorología. Dice Delibes que el cielo es tan alto en Castilla porque los labradores lo han levantado de tanto mirarlo. Y llega a nombrar en sus novelas veintiocho accidentes meteorológicos. Por ejemplo, compruebo que cita Delibes distintos tipos de lluvia fina como el “calabobos”, las “aguarradillas” de abril o las “asperezas”. Las nubes pueden ser “nublados” que traigan “piedra”. El sol quizá se quede en “resolillo” o llegue a “solisombra” y el cielo un día estará “entoldado” y otro “enrasará”.

         En el cuadro que aparece a continuación he incluido los términos que nombra Delibes de cada uno de los aspectos que conforman su léxico popular-rural.

Términos populares-rurales
Total 1.469
Caza
122
Pesca
39
Plantas
92 (árboles 19, flores 6, arbustos 67)
Animales
144 (pájaros 91, otros animales 53)
Accidentes meteorológicos
28
Religión
14
Medidas de capacidad y longitud
8
Elevaciones del terreno
28
Lugares del campo
114
Aperos y faenas del campo
113
Caballerías
28

         Con este ordenamiento y fijación del léxico rural de las novelas de Miguel Delibes se llama la atención sobre un lenguaje popular-rural que está en trance de desaparecer, lo cual supondrá un empobrecimiento general de la lengua española.

         Este glosario está salvando esa rica porción del castellano que se produjo en una etapa lingüísticamente muy rica de Castilla y, por tanto, quiere encender una luz que preserve del olvido lo que fue aquel modo de vida rural que aún puede servir de ejemplo a los lectores de Miguel Delibes.