El señor Cayo, protagonista de El disputado voto del señor Cayo

          En el mes de noviembre de 1978 publica Miguel Delibes El disputado voto del señor Cayo, donde de forma maestra contrapone la civilización urbana al mundo rural, un lenguaje de ciudad, zafio, tosco y pobre, a otro lenguaje rural que espontáneamente se muestra preciso, abundante y rico en recursos. El señor Cayo es la voz del campo.

Un sabio representante rural de la Castilla serrana
          El señor Cayo es uno de los tres habitantes de un pueblo perdido en un rincón al norte de la vieja Castilla. Es un octogenario. A sus espaldas tiene una larga existencia rural que la soledad, cada vez mayor, ha ido adensando. La riqueza interior y algunas limitaciones propias de su condición de persona de aldea aparecerán en el trascurso del relato al enfrentarlas el novelista con el pensamiento ligero y el pobre lenguaje de unos muchachos de ciudad, militantes de un partido político, que van al encuentro del villano. El propósito de estos políticos es conseguir su voto para las próximas elecciones. El partido del que son militantes se propone arreglar el mundo que llevan forjado en sus mentes. Dos culturas se enfrentan en la narración, dos estilos de vida.
Cuando esto ocurre, cuatro quintas partes de la España contemporánea del señor Cayo es labriega, rural.

La aldeana vida del señor Cayo, sincera y verdadera
          El señor Cayo, en su aldea perdida, es un adensado representante del mundo aldeano, ignorado por el orbe de ciudad, y, por ello, no aprovechado para el bien común ni social ni nacional ni humanamente. Tiene el corazón labriego y su alma y su cuerpo enteros son campesinos. Los políticos que viajan para encontrarse con él, tienen mucho del “hombre-masa” de Ortega, ya que muestran muy limitado el horizonte de su vida, se gobiernan por fórmulas más que por intuiciones, carecen de recursos de expresión en su lenguaje que no presenta matices, son miembros de un partido jerarquizado, en los que su personalidad está condicionada por los intereses particulares y formales del partido y, en el momento, por la necesidad de conseguir votos donde los pueda haber y como sea. Sobre este trasfondo, la personalidad del señor Cayo cobra relieve y altura en el transcurso del encuentro. “Ese tío sabe darse de comer, es su amo, no hay dependencia, ¿comprendes? Ésa es la vida, Dani, la vida de verdad y no la nuestra

Grandezas del aldeano
          No todo es ejemplar en la vida del señor Cayo, tampoco lo es en el mundo rural del que él es una muestra, aunque arquetípica. Por ejemplo, personalmente no ha descubierto el valor de la mujer. No le importó que la suya fuera muda, porque piensa que hay poco que hablar con una mujer...
Pero, el señor Cayo, que físicamente es corpulento, es persona de no menor vigor y grandeza moral. El suyo es un mundo de esencias y no le importa desconocer lo circunstancial y meramente episódico, a lo que presta escaso interés. Respeta lo que de perdurable presentan las cosas. Se muestra condescendiente, es un ser superior.
Sus modales de aldea son correctos y corteses, quizá aprendidos de niño.
Ni el senequismo del señor Cayo ni sus manifestaciones ocurren con detrimento del sentido práctico de las cosas, que lleva al hombre a huir de su dureza, si se la puede dar de lado. Por ejemplo, se abandona en Cureña el trabajo del lino, que esclavizaba, por el trabajo menos laborioso de los manzanos, que trae un vecino al regreso de la mili.

Choque de dos lenguajes
          Al final de la novela y de la peripecia del encuentro urbe-aldea, Víctor, inteligente personaje de la urbe, resume el choque: “Hablamos dos lenguajes distintos”. La ciudad habla un lenguaje sofisticado y solamente puede ofrecer al mundo rural “palabras, palabras, palabras”. Por su parte, el señor Cayo habla el lenguaje de las cosas naturales, que conoce. Ante los jóvenes de la ciudad despliega su saber: sabe que la madera de chopo es ligera y aguanta, que el agua de cocer la flor del saúco sana las pupas de los ojos, que las abejas que enjambran no pican, que el lagarto para las abejas es peor que el picorrelincho, que la sombra de la nogala es traicionera, que el momento de replantar las remolachas debe coincidir con la luna en cuarto menguante, que la flor de la malva aligera el vientre...

Encuentro de fondo de los dos mundos
          Parece imposible el encuentro Pero, si se presta atención a la peripecia del fascinante enfrentamiento entre el señor Cayo y sus pretendidos salvadores, se advierte que en el pensamiento de Miguel Delibes, en 1978, la vida urbana y vida rural no son antagónicas. En El camino, tiempo atrás, en 1950, sí que las presentó como antagónicas. Aquí, Víctor, se entiende con el señor Cayo. En el transcurso de su conversación lo urbano y lo rural se acercan. Coinciden en buena parte. Por de pronto, en la insatisfacción. Ni el mundo del campo que muere ni el de la ciudad con la despersonalización que lo deshumaniza satisfacen de manera completa.