Daniel, el Mochuelo, protagonista de El camino

El niño que Miguel Delibes lleva dentro
          En las vacaciones de verano de 1950, en Molledo-Portolín, pueblo de su infancia, lugar en el que se siente a gusto, en 25 días escribe El camino.
Molledo-Portolín, entre prados y montañas de la Castilla que se asoma al mar por Cantabria, reconoce Miguel Delibes que es una perla de la realidad rural de su narrativa.
Daniel, el Mochuelo, el protagonista de El camino, es en buena parte el niño que Miguel Delibes lleva de por vida en sus adentros de novelista.

El hijo del quesero ve el mundo rural con sorprendidos ojos de mochuelo
          En la novela, Daniel, el Mochuelo, está a punto de marchar a la ciudad a estudiar. Su padre quiere que su hijo progrese y no sea un pobre quesero como él. Tiene Daniel once años. Es un niño despierto, capaz de asombro, que todo lo encuentra nuevo, su curiosidad es insaciable. Por su mente, ahora, desfilan cuarenta personas de su pueblo, cada una con su personal carga rural. El novelista ha distribuido en veintiún capítulos la materia de su narración que cruza no sólo por su cerebro sino también por el corazón de Daniel: una sucesión de anécdotas y recuerdos, un paisaje rural, la vida de su pueblo, la duda de que para progresar deba abandonarlo, el misterio de la vida y de la muerte, el valor de la amistad y de la cercanía, los encantos de la naturaleza y de la infancia... Todo dentro del marco rural del que no ha salido en once años.
En la última noche que va a pasar en su pueblo antes de partir para la ciudad, donde le manda su padre para que estudie y así progrese, “tenía muchas cosas en que pensar”, así que recuerda y “evoca sus pasos por la vida”.

El mundo rural se le impone
          El conocimiento que da el campo tiene una propiedad que constata Daniel. No tanto es él, Daniel, el Mochuelo, quien conoce y sale en busca de la realidad de las cosas. Es precisamente la realidad de las cosas la que se impone a Daniel y como que sale a su encuentro y le conmociona con su enorme pálpito: “No era Daniel, el Mochuelo, quien llamaba a las cosas y al valle, sino las cosas y el valle quienes se le imponían, envolviéndole en sus rumores vitales, en sus afanes ímprobos, en los nimios y múltiples detalles de cada día”.

Fuerza del relato
          El retrato de Daniel, el Mochuelo, asombra por su realidad. Ésta hace posible que se puedan fijar sus rasgos psicológicos de inteligencia, emotividad y voluntad, como si se tratara de un personaje real, no de ficción. La inteligencia de Daniel no es abstracta sino concreta y práctica; es un niño sensible, caracterológicamente emotivo; en su querer, tras sus amigos, Daniel no dejaba de ser concienzudo.
El valle visto siempre con ojos tranquilos, muestra igualmente una fuerza vigorosa. Significa mucho para Daniel, “bien mirado, significaba todo”. Era la cima y cifra de su contacto con la Naturaleza. “Muchas tardes, ante la inmovilidad y el silencio de la Naturaleza, perdían –él y sus amigos- el sentido del tiempo y la noche se les echaba encima”.